"Marisa López-Teijón: la médica que convirtió la ciencia embrionaria en una defensa radical de la vida humana"
Hay científicos que estudian el origen de la vida desde la distancia del laboratorio. Y hay otros, muy pocos, que terminan estableciendo con ella una relación casi íntima. La doctora Marisa López-Teijón pertenece claramente a la segunda categoría.
“Me enamoré de los embriones”, dice sin ironía ni cálculo. Y la frase, que podría sonar provocadora fuera del contexto científico, termina explicando gran parte de una trayectoria que transformó la reproducción asistida contemporánea, la bioética embrionaria y la investigación fetal a nivel internacional.
Su trabajo será reconocido en los Premios Pasteur de Medicina, Farmacia e Investigación Biomédica 2026 con el galardón a Líder Visionaria en Bioética Reproductiva y Pionera Científica del Desarrollo Fetal. Excelencia Internacional en Reproducción Humana y Desarrollo Embrionario, una distinción reservada a figuras cuya obra ha redefinido los límites científicos y éticos de la medicina moderna.
Fundadora de innovaciones decisivas en reproducción asistida y referente internacional en medicina fetal, López-Teijón lleva décadas trabajando precisamente allí donde la ciencia, la filosofía y la emoción humana se vuelven inseparables: el instante más microscópico y más frágil de la existencia.
“Un embrión mide micras”, afirma, “pero contiene un proyecto humano completo.”
Esa visión marcó una carrera construida no solo desde el rigor clínico, sino también desde una profunda conciencia moral sobre aquello que la medicina crea en los laboratorios.
Cuando impulsó el primer programa de adopción de embriones del mundo, abrió una discusión ética que aún sigue generando debate internacional: qué responsabilidad tiene la medicina frente a los embriones congelados que permanecen abandonados tras los tratamientos de fertilidad.
Para ella, la respuesta era evidente.
“La medicina no puede limitarse a desarrollar tecnología”, sostiene. “También debe preguntarse qué responsabilidad tiene sobre lo que crea.”
El programa permitió que miles de embriones tuvieran una oportunidad de vida y que miles de niños nacieran posteriormente gracias a esa iniciativa pionera.
Pero quizá una de las dimensiones más singulares de su trayectoria sea la capacidad de combinar ciencia de altísimo nivel con intuición, sensibilidad y una mirada profundamente humanista sobre el desarrollo fetal.
Esa mezcla la llevó incluso a convertirse en protagonista de uno de los reconocimientos más insólitos de la ciencia contemporánea: el Premio Ig Nobel otorgado por Harvard University y Massachusetts Institute of Technology por sus investigaciones sobre música y audición fetal.
En su momento, muchos sectores académicos observaron aquellos estudios con escepticismo. Hoy forman parte de una conversación científica mucho más amplia sobre estimulación prenatal, percepción fetal y neurodesarrollo temprano.
“Los avances científicos tardan mucho en aplicarse”, explica. “La mayoría se mueve por la seguridad de seguir haciendo lo mismo de siempre.”
Esa resistencia a la ortodoxia parece haber acompañado toda su carrera. López-Teijón nunca encajó del todo en el molde tradicional del médico académico. Su discurso reivindica algo cada vez menos frecuente en una medicina hiperprotocolizada: la figura del médico inventor.
“Los pacientes necesitan médicos inconformistas”, dice. “Personas capaces de imaginar lo que todavía no existe.”
Quizá esa mentalidad también fue necesaria para abrirse camino como mujer en espacios históricamente dominados por hombres. Mucho antes de que el liderazgo femenino en medicina se convirtiera en una conversación pública global, ella ya dirigía proyectos científicos y estructuras sanitarias de enorme complejidad.
El precio, admite, fue alto.
“Tuve que entrenarme constantemente en valentía.”
La frase no parece retórica. Habla de años de sostener convicciones propias frente a la incomprensión, la presión social y las inercias institucionales que históricamente limitaron la presencia femenina en los grandes espacios de decisión científica.
Sin embargo, incluso después de ayudar al nacimiento de miles de niños y construir una de las trayectorias más influyentes de la reproducción asistida europea, decidió dar un giro inesperado a su vida profesional.
Cedió el relevo médico a su hijo —cuarta generación de ginecólogos de la familia Marqués— y comenzó una nueva etapa vinculada al desarrollo de espacios habitacionales y proyectos de vivienda.
La razón conserva la misma sensibilidad humana que atravesó toda su carrera.
“Los niños que ayudé a nacer crecieron”, cuenta. “Y empezaron a llamarme para decirme que no tenían dónde vivir. Pasé de construir embriones a construir hogares.”
En el fondo, toda su trayectoria parece moverse alrededor de la misma idea: crear condiciones para que la vida encuentre un lugar donde desarrollarse.
Incluso cuando habla filosóficamente sobre el origen de la existencia evita el dogma y prefiere dejar una imagen concreta, casi imposible de discutir.
“Un embrión viable depositado en un útero que lo acoge”, dice, “si todo va bien, nueve meses después llora.”
Después de décadas dedicadas a la reproducción humana, la genética embrionaria y la investigación fetal, quizá eso sea lo que más distingue a Marisa López-Teijón: nunca permitió que la sofisticación científica la desconectara del asombro.
Y tal vez por eso Europa decidió reconocerla ahora. Porque en una era donde la medicina reproductiva avanza a velocidades vertiginosas, ella insistió siempre en recordar algo esencial: detrás de cada embrión existe una historia futura esperando existir.



